Es una novela de conciencias. Con un ritmo lento, de pausa oriental recién llegada a Occidente, Soseki narra las andanzas de un personaje, narrador en la primera parte de la novela, y de su lucha por conseguir la amistad y aprobación de un segundo personaje, el sensei, de la vieja tradición japonesa; un personaje que se nos presenta como tocado por un extraño enigma; inaccesible  al alma cándida y pura del narrador.

Pronto tenemos la sospecha de que éste sensei, y no el yo del narrador, será quien mantenga el peso fuerte de la novela. Efectivamente, la parte final de la novela nos desvela el misterio del sensei; una truculenta historia de un hombre que tiene que pasear su vida con un peso indescriptible en su corazón (kokoro), y al que, de alguna manera, el contacto con el narrador conduce hacia un final trágico.

Como fondo, una historia de un amor a tres bandas entre sensei, K, el mejor amigo de sensei, y un personaje femenino que destaca por su irrelevancia en toda la historia. La lucha de los dos varones por alcanzar los favores de la hija de la dueña de la pensión en la que ambos se alojan como estudiantes, es una lucha contra si mismos, contra sus debilidades, contra la indecisión a la que les conduce la imagen que tienen de si mismos. Sensei gana la batalla, pero el precio que ha de pagar será el de llevar el peso del suicidio de su amigo el resto de su vida. K, pierde la pieza clave que dará sentido a su vida pasada no encontrando más razones para seguir viviendo. Sensei encontrará en la voz del narrador la clave que cierra su círculo coincidiendo con el fin histórico de la era Meiji, coincidiendo con el fin de una época de apertura del Japón a la corriente de vida occidental. Su último gesto, antes de quitarse la vida, no es otro que contar la historia de su desgracia al narrador. La curiosidad de este, siendo una curiosidad sincera, conduce a Sensei a un callejón sin salida emocional.